Con el invierno a la vuelta de la esquina la luminosidad natural disminuye de forma apreciable. Sobre esto, recuerdan desde Fundación CEA que «el ser humano es un animal de día»; y señalan que un conductor recibe a través de la vista el 90% de la información del tráfico, por lo que la calidad de ésta está supedita a la capacidad de percepción visual, resultado de la sensación luminosa (valorando sus variaciones de intensidad), la sensación de las formas (o agudeza visual) y la sensación cromática (capacidad de reconocer los colores).

¿Cuáles son los riesgos?

La conducción nocturna entraña peligros asociados a la pérdida de agudeza visual y la disminución del campo visual. En la oscuridad no apreciamos ni velocidad ni movimiento. Es más, ésta puede ocultar peligros visibles con luz diurna. Por ejemplo, los objetos oscuros no se ven sobre fondo oscuro. Pero, además, conduciendo de noche nos exponemos a ser deslumbrados por los faros de los vehículos que vienen de frente.

También corremos riesgo de sufrir aparición prematura de monotonía, fatiga y cansancio, especialmente entre las 4 y las 6 de la mañana, cuando baja el nivel de alerta.

Conviene recordar que, en ausencia de luz diurna, son muchos los conductores que no adaptan la velocidad al campo visual iluminado, circulando a una velocidad excesiva para la capacidad de sus ojos.

¿Comodidad?

Con todo, hay quien elige la noche para conducir por la menor densidad de tráfico, que de paso permite una conducción más relajada y el mantenimiento de una velocidad promedio más alta.

En todo caso, solo conviene realizar conducción nocturna si se está en buen estado psicofísico, el vehículo va en perfecto estado de mantenimiento y uso, y el viaje ha sido bien planificado. De lo contrario, el se debería demorar el viaje.

Fuente: ABC

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